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UN BORRACHO
UN BORRACHO

Sentado sobre un banco de la plaza,
que hoy está triste, otoñal y fría,
con su torso desnudo y los ojos esclavos
de implacable modorra;
con las piernas fláccidas,
sin fuerzas para un paso
y sus brazos rendidos
a los lados del cuerpo;
sin testa que gobierne,
el borracho oscila.

En el suelo descansa, ya inútil,
olvidado, vacío,
el cartón abollado del vino traicionero
que con disfraz de néctar
convirtió a una persona
en despojo humillante,
que hizo de un pobre hombre
una masa inestable, porque
el borracho oscila.

El viento bambolea
las ramas de los árboles
y atropella a su paso
mustias hojas que yacen
sobre los pastos verdes.
Surcan veloces nubes
la cúpula grisácea,
con la urgencia que evoca
un imprevisto espanto.
Los pájaros urbanos se ovillan
mientras miran
a la gélida plaza sin salir de sus nidos.
El viento circunvala al cautivo del vino;
no le alcanza la fuerza
para mover al hombre,
sin embargo...
el borracho oscila.

Pudo ser este hombre,
aún joven, orondo, corpulento,
que expone su ebriedad
para horror del otoño,
las aves, los árboles
y el viento,
un ser maravilloso
aunque no fuera nunca
algo más que un buen hijo,
un buen esposo y padre.
Hubiera sido más
de haber sabido amarse.
No se vería en la plaza que
el borracho oscila.

Junto a él tambalea
el que no pudo ser
por tantos tragos;
cabecea embriagada de tristeza
la alegría perdida para siempre;
se marean sus sueños hasta precipitarse
en un mar de tragedia,
por tanto alcohol y nausea.
Mientras siga en el infierno,
se estará perdiendo una vida;
habrá un desperdicio
donde debió haber un hombre.
El borracho oscila.

Daniel Adrián Madeiro

Daniel Adrián Madeiro