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Amanecer


Llega el amanecer
y su luz se filtra
por las breves junturas
de mi ventana;
ese amanecer que cristaliza
paisajes y rompe desde el cielo
las voluntades de su paso.

A mi lado yace la sombra
del vaso con lirio que ha dejado
y sobre nuestra cama victoriosa
donde nuestros sexos se entregaron
sin reposo y sin verguenza reposan
las sábanas que fundió el sudor
de una sola sangre;
volcando mi tristeza en las sábanas
y abrigando mi deseo de tenerla
otra vez entre mis brazos.

Se ha alejado
de esta pequeña hoguera
que prendimos juntos
y en mi alcoba se extingue
la ardentía de sus gritos
dejando en el aire un mórbido
dolor de amor difunto
en punzante recuerdo.

Una evidencia desolada
de vacío sin fin reclama
y perdido en la espiral
de la congoja tiemblo
cada mañana como tiembla
un colegial que va a dar un examen
y tiemblo todo como si en las manos
llevara espigas y cristales.

¡Ignoro si me quiso!
Sólo sé que no se nada
sino amarla como
se ama a la rosa paridamente
fresca, y así la quiero con un orgullo
de oro que corre por mis venas.

Su imagen vuela con más tenacidad
que el giro extenuante del recuerdo
y me quedo mirando sobre el hosco
crepúsculo y naufrago el afán
siguiéndola en su viaje.

Quizás el amor sea simplemente eso:
el gesto de acercarse y después olvidar.
¡Oh amada mia!
cuyo nombre lejano
y melancólico mi corazón agita!

Emilio Montemayor