Free counter and web stats        
CUENTOS

| Home | Poemas de Amor | Poemas de niños | Poemas de vida | Poemas judiciales | Poemas de muerte |Colaboraciones| Cuentos|

 

Secuestro

La pelea con Jorge había sido violenta, terminal, nunca más
A Marta no le importó que fueran las tres de la mañana, ni lo escueto de su vestido,ni la soledad, ni los peligros de la calle y la noche.
Se colocó los zapatos de tacos bien altos un portazo y a otra cosa
Una brisa fresca en exceso recibió sin piedad sus hombros desnudos. Se estremeció todo el cuerpo, el duro invierno de Buenos aires se hacía presente pero nada la haría desistir.
Ella era Marta Pérez y a Marta Pérez nadie le levanta la voz. La mejilla enrojecida de Jorge era muestra fiel de la sanción a tamaña insolencia.
Ya en la vereda se estabilizó sobre los tacos, puso los ojos en la bella luna llena que iluminaba francamente la realidad y puso rumbo a su hogar, a su refugio.
Un coche particular pasó por delante de Marta sin detenerse. La calle desierta y sombríos presentimientos habían despertado una luz de alerta en su ánimo.
Diez cuadras la separaban de su destino. Con paso firme, casi corriendo descontaba la distancia.
De la nada surgieron las luces de un automóvil que comenzaron a seguir sus pasos, el alerta se transformó en miedo que culminó en un pánico paralizante.
El vehículo comenzó a seguirla, se ubicó justo a su lado, en un momento se adelanta y estaciona.
De la parte trasera bajan dos individuos que la toman de los brazos, le tapan la boca y la arrojan dentro del coche
Marta fue ubicada sobre el piso. La taparon con una manta y una cinta plástica borró su boca. En su mente mil reproches, que debía haber esperado la luz del día, que su intolerancia era causa de todas las desgracias, que la imprudencia siempre le había costado caro.
En un momento aprecia que las luces del alumbrado público que se introducían tenuemente en el vehículo desaparecían, oscuridad total, camino de tierra que se reflejaba en el irregular andar del coche.
Luego de un largo trayecto el automóvil se detuvo.
Le colocaron una capucha, ataron sus manos, la arrancaron del auto introduciéndola con violencia en una casa. Tras su espalda escuchó que se cerraba una pesada puerta.
Casi arrastrándola le hacen recorrer un corto trayecto y la arrojan sobre una cama, otra puerta que se cierra.
Se dio por violada, muerta, arrojada a un zanjón.
En silencio se repetía una y mil veces ¡Que mina pelotuda! ¡Qué mina pelotuda!
Pensó que había exagerado el arrebato con Jorge, que había sido una tontería agrandada por su estúpido orgullo, por su histeria.
¡A Marta Pérez no se le levanta la voz! ¡Qué pelotuda!, no a Marta Pérez no se le levanta la voz, no ¡Se la viola! ¡Se la mata! ¡Por pelotuda!
Ahora entendía que lanzarse a la calle a las tres de la mañana en un barrio peligroso había sido uno de sus tantos desatinos imperdonables y en esta oportunidad definitivamente irreparable.
Comenzó a sentir ruidos en los otros ambientes, gente que entraba y salía de la casa, murmullos.
A pesar del temor había decidido defenderse hasta la muerte. Pagarían caro su secuestro.
Se abre la puerta de la habitación donde Marta estaba encerrada y dos tipos la toman de los brazos, nuevamente la arrastran un corto tramo y la sientan en una silla.
Oscuridad y silencio. Intentó gritar pero las palabras no salían de su boca. Aguardaba el golpe artero, el puntapié salvaje.
Se encomendó a Dios, una oración y dejó de pensar.
En un instante todo estalla, le desatan las manos, le sacan la capucha de un tirón, sus ojos se enceguecen ante la luz brillante que invadía el ambiente.
Música estridente, cotillón, una multitud de conocidos gritando ¡Sorpresa! un enorme cartel "FELÍZ CUMPLEAÑOS MARTA" y debajo de él ¡Jorge!, con una amplia, generosa sonrisa.
Marta se levantó, se dirigió a Jorge, le aplicó un certero puñetazo que hizo sangrar su nariz y que fue acompañado con un expresivo ¡Pelotudo de mierda! ¡Casi me matas del susto!, le sacó las llaves del auto, se dirigió a la salida rodeada de un silencio de sepulcral, subió al automóvil, rápidamente encontró la ruta, puso rumbo a su hogar, a su refugio.
En el trayecto no dejaba de insultar y maldecir ¡Esos idiotas! ¡Casi me matan!
Llegó a su casa, una ducha, dos sedantes, tres días para recuperarse.
¿Y Jorge? ...Jorge, Jorge, ¡El pelotudo de Jorge! ¡¡¡Nunca más!!!
Deja tu opinión sobre este cuento haciendo clic en el siguiente logo (comentarios sujetos a moderación).

 

Free counter and web stats